Acción anti-perritos

Alimañas las hay de todas las clases. Algunas se arrastran por los rincones más inhóspitos gracias a sus ocho patas, otras desgarran las pieles de sus presas con sus colmillos afilados como espadas, y otras nos dan la patita, recogen los palos que les lanzamos e imploran caricias y atención constantemente. La frontera que divide la repulsión que sentimos hacia estos primeros animales de aspecto feroz del afecto que despierta en nosotros un cachorro de beagle tiene el mismo grosor minúsculo que la frontera que delimita el momento en que nuestra moral se adentra en los parajes de la hipocresía. Desde el momento en que actuamos como jueces implacables cuando aplastamos una cucaracha, víctima inocente condenada a muerte quizá por un instinto estético que nos domina, nos convertimos en agentes al servicio de una evolución artificial, absurda y estúpida que no premia con la supervivencia a los seres más capaces, sino a los más adorables. Resulta sobrecogedor ver como el ser humano, después de doblegar a la naturaleza para suplir sus necesidades más básicas, ahora corrompe la Creación criando cerdos diminutos y limpios, cultivando sandías cuadradas y perpetrando toda clase de hazañas destinadas a convertir nuestro planeta, otrora tierra hostil y salvaje, en un paraje hortera y descafeinado al más puro estilo Disneylandia.

Estas líneas no conforman un manifiesto político, y no se aproximan a temas como el especismo o la ecología. Mientras escribe esto, un servidor (que como periodista advocacy se siente obligado a ponerse del lado de los estratos más desfavorecidos de la sociedad) empatiza con la serpiente venenosa de gruesas escamas, con el oso hormiguero apestoso, con las ratas ciegas transmisoras de enfermedades y con el senil anciano gorila que se restriega sus heces por el cuerpo por puro aburrimiento. Todos estos seres sublimes, salvajes y, por qué no decirlo, terriblemente desagradables, se ven desplazados a un segundo plano, eclipsados por el ladrido de un pequeño Bulldog o el ronroneo de un gatito siamés. Poco me importa lo que el populacho piense de los hurones, los murciélagos y los orangutanes, al igual que estos últimos están demasiado ocupados perpetrando las más perversas fechorías que abundan en el reino animal como para preocuparse porque a tu hermano pequeño le den miedo las arañas o porque a tu madre no le pese emplear el spray anti-mosquitos en cuanto detecta un cuerpo extraño sobrevolando el espacio doméstico.

Babuino feo

Lo que me quita el sueño es pensar que el epítome de la bondad, de la belleza y de la pureza sea encarnado por un cachorrito de labrador. Esta concepción solo puede haber surgido en un mundo decadente, enfermo y perverso, que no se atreve a reconocer el encanto de su propia fealdad. El perrito es el estandarte de la kalocracia, del injusto gobierno de los bellos.

Una sociedad valiente y responsable no organizaría excursiones a esas idiotizantes granjas-escuela, sino que dejaría descubrir a los infantes la pasmosa diversidad de la existencia soltándolos en mitad de una selva congoleña o dejándoles nadar al lado de un banco de pirañas. ¡Cómprale una boa constrictor a tu hijo! ¡Pasea una marmota obesa por la calle! ¡Intercambia sucesivos lanzamientos de heces con tu compañero tití! Existen infinidad de maneras de rebelarse contra el totalitarismo del perrito, contra la tiranía de la suavidad y el achuchón, que comienza a pudrir tu espíritu cuando adoptas un perro y que te condena definitivamente cuando ya eres consumidor compulsivo de productos de Mr. Wonderful.

No me malinterpreten: no estoy planeando un genocidio sistematizado de perritos (más por falta de presupuesto que de ganas), pues busco la deconstrucción del cachorro más que su destrucción, por más que me resulte retorcidamente cómica la efigie de un fox-terrier ataviado con un cinturón de explosivos. Cuando hablo de deconstrucción del perrito me refiero al proceso que conllevaría despojar a los canes de su gruesa capa de fruslerías; hablo de convertir Pluto en Colmillo Blanco, de acabar con este perro limpio, cariñoso, ordenado y fiel que tan bien combina con nuestro teléfono móvil de última generación, nuestro bolso de Gucci y nuestra flagrante batidora de 5 velocidades. El perro © es un producto más del sistema consumista en el que vivimos,  un bien muy polivalente, por cierto:

¿El modelito que tiene pensado lucir por las calles de Beverly Hills no tiene el suficiente estilo? Adquiera este maravilloso chihuahua (pilas no incluidas) y dele un toque salvaje a ese outfit.

¿Nota el feed de su cuenta de Instagram muy vacío? ¡Problema solucionado! Elija un perro acorde a su estética: dálmata, bulldog, cocker…

¿Su relación de pareja flaquea? ¿Necesitan volcar su afecto y sus atenciones en un nuevo proyecto común? ¡Este perro anda buscando familia!

Perro bolso

Dramática es la situación de los niños cuyos padres se separan, y dramática (y hasta cierto punto grotesca) la de los perros que tras una ruptura amorosa ya no tienen claro quién va a pasearles y a recoger sus cacas. Los juzgados españoles tramitan cada año miles de casos relacionados con la custodia de mascotas, cuando simplemente podrían dejar que el perro decidiese si prefieren mearse en la alfombra de papá o en la de mamá. Me pregunto cuál sería el devenir de estos pleitos si un día todas las mascotas transmutasen, por acción de un demiurgo caprichoso, en seres humanos hechos y derechos. La pequeña Carla sentiría una terrible incomodidad si Rocky, un hombre barrigón y desaliñado de 50 años, se le acercase a cuatro patas, correa en boca, para pedirle que le saque a dar un paseo. Con todo, hay quien  encontraría excitante esta situación, que para algo hay de todo en esta vida.

Este tema me preocupa. Lo admito. Cuando trato de sumergirme en el dulce consuelo del sueño, mi subconsciente inunda mis pensamientos con torrentes de imágenes horribles: perros protagonizando anuncios de papel higiénico, perros recibiendo tratamientos cosméticos de elevado coste, perros falderos, perros pijos y perros de clase media observando con displicencia a los canes vagabundos, malformados y azotados por el frío y la lluvia que encuentran su mayor placer en mordisquear ratas y en orinar en los más variopintos buzones. Me revuelvo en mi océano de mantas personal, presa del desasosiego, hasta que en esas terribles secuencias empieza a brotar una chispa de esperanza.

El perro de Scottex se recrea en el plató de grabación, y su obra despide una fragancia que desmaya al operario de cámara y al encargado del cáterin. Un pomerania se lanza a la cara del peluquero canino, y se da un festín con las distintas y suculentas partes de su cara. Los aristoperros se escapan de sus mansiones, de sus pisos céntricos y de sus parques de juego exclusivos y se unen a la marabunta de chuchos que malviven en las calles. Se huelen los culos, aúllan juntos, aterrorizan a las viejecitas y fornican compulsivamente delante de guarderías, parques infantiles y tanatorios. Los perros vuelven a ser lobos, y en jauría recorren las calles dejando tras de sí un reguero de destrucción. César Millán se estremece: la situación ha ido demasiado lejos.

La Jauría alcanza el zoológico, y los perros se enfrentan valientemente a los guardias. Muchos caen, muchos se sacrifican. Los canes más rápidos alcanzan la jaula de los leones, y las bestias liberadas se unen a los perros en animal alianza. Los jabalíes, las cebras, los cocodrilos, los antílopes, los hipopótamos, los babuinos y las escolopendras  son libres, y campan a sus anchas por las calles de la ciudad.

Perros salvajes

Observo el caos desde mi ventana. Mi mujer me pide que no vaya a trabajar, que me quede en casa; el marido de una amiga suya ha muerto víctima de los leones mientras se dirigía a comprar el pan. Ahora, unas pantuflas baratas y una barra de horno pisoteada son todo lo que queda de aquel hombre que, de haberlo sabido, hubiera seguido una dieta menos proteica aquel día. No me importa, quiero bajar. Quiero sentir el pulso de la naturaleza, quiero ser Tarzán. Los gritos de mi esposa no me detienen, recorro el descansillo, salgo a la calle y me expongo a la imparcial justicia de la naturaleza.

Unos cuantos perros me rodean, y se relamen mientras me arrinconan. Sus colmillos brillan, y contrastan con la suciedad de sus patas. Resignado, espero la lluvia de mordiscos y dentelladas que me arrebataran esta vida que tan mal me ha tratado. Pero el feroz ataque no sucede, y noto algo extraño en los ojos de los canes. Quizá mi valor, quizá mi arrojo, quizá mi escasa higiene corporal les ha seducido; me aceptan. Y soy uno más de la manada. Mientras me arranco la camisa soy uno más de la manada, mientras corro y aúllo soy uno más de la manada, mientras muerdo la entrepierna de un policía antidisturbios soy uno más de la manada. En el bullicio de la naturaleza soy feliz, porque soy un ser insignificante pero libre, que no tiene que firmar hipotecas, ir a reuniones del colegio o responder whatsapps.

Ha sido una masacre. Mi nueva mentalidad canina me impide realizar un balance del número de víctimas. Solo sé que tenemos carne de sobra; un león se atraganta con la montura de las gafas de un ejecutivo. Algo similar le pasa a un cocodrilo, que escupe a duras penas unos brackets. Yo mordisqueo el brazo de un individuo que dudo si era un  valeroso bombero o un desafortunado stripper, atacado por una bandada de tucanes de camino a una despedida de soltera que nunca se llegó a celebrar. Después de la estampida, el océano de rugidos, chillidos y reclamos ha finalizado. La tranquilidad reina en las calles.

Un ladrido me despierta. El perro de mi vecina, ese puto perro pulgoso que siempre se mea en mi felpudo y que mis hijos adoran, me acaba de arrebatar ese delicioso momento. Me cubro la cabeza con mi almohada, tratando de silenciar los agónicos ladridos del chucho. Miro el despertador: en tres horas entro a trabajar.

Una noche más, la selva tendrá que esperar.

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