La papeleta del 10N: ¿”puñal” o cheque en blanco?

El disputado voto de las elecciones del 10N. Fuente: ABC

El político británico Lloyd George afirmó que “las elecciones, a veces, son la venganza del ciudadano. La papeleta es un puñal de papel”. Desde otra perspectiva, el escritor mexicano Joe Barcala dijo que “las elecciones son los cheques en blanco que todos firman gustosos para aceptar el saqueo de sus cuentas”. Quizá tanto como Barcala como Lloyd George tengan algo de razón, aunque la verdad normalmente se ubica en el medio, en este caso, entre el “puñal” y el cheque en blanco

Este 10N concede a los ciudadanos la oportunidad de vengarse de los partidos a los que votaron el 28A por sus errores tácticos y su proceder inadecuado, tener la “chance” de clavarle el puñal de papel a esos políticos que no han sabido ponerse de acuerdo, aunque la ciudanía transmitió por medio de las elecciones a los representantes el mensaje de que la sociedad también estaba dividida, así lo demuestra el arco parlamentario. El cheque en blanco consiste simplemente en otorgar a una persona o grupos de personas libertad total para actuar, lo cual supone un menoscabo de la democracia, se hace necesaria una rendición de cuentas no solo en el ámbito vertical, el puramente electoral, sino en horizontal mediante el control entre los poderes públicos del Estado.

El panorama preelectoral se presenta ambiguo. Con muchas noticias e informaciones de impacto que están sacudiendo la campaña de forma fulgurante e inquietante, sobre todo, la cuestión catalana que está inundando mayoritariamente la campaña. La sociedad española está cansada de tantos procesos electorales en tan escaso tiempo, en concreto, cuatro elecciones en cuatro años: una cifra récord en la Unión Europea. ¿Tenemos unos políticos mediocres y añoramos a los del pasado democrático que sí que supieron alcanzar pactos de fondo o es meramente una apariencia ante la tesis de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”? Este interrogante se queda flotando en el aire ante el devenir de los acontecimientos políticos próximos, pero sin duda capacidad de negociación no han mostrado.

En primer lugar, Cataluña es una vez más el asunto principal sobre el que gravita la política española, que lleva tiempo subordinada a la agenda política catalana. El fallo del juicio del ‘procès’ fue equidistante. El Tribunal Supremo ha actuado como debía, con grandes garantías procesales. Los magistrados del Alto Tribunal son los doctos en la materia y han sabido responder jurídicamente adecuándose al Código Penal e interpretando milimétricamente los delitos tipificados. La sedición a la que se ha condenado a nueve de los acusados es procedente con respecto a lo que pasó en aquellos lejanos días del 2017. Se descartó la rebelión al ser insuficiente para “imponer de hecho la efectiva independencia territorial y la derogación de la Constitución en el territorio catalán”. Ese “alzamiento con violencia” que exige la rebelión no queda para nada demostrado para ser constitutivo de dicho delito. Los otros delitos que se le imputaron a los acusados son malversación de caudales públicos y desobediencia. En todo caso, delitos muy graves, y el de sedición en concreto, se ubica en el apartado de delitos contra el orden público

Capítulo aparte merecen los disturbios de lo que se puede denominar la segunda “Semana Trágica de Barcelona”. Los radicales ejercieron una escalada de violencia y vandalismo que no merece más que repulsa. Derecho a la manifestación, siempre. Pero una cosa es manifestarse y otra muy distinta provocar altercados de orden público impidiendo que los ciudadanos desarrollen su vida cotidiana con normalidad. Y ahora, para más inri conocemos en el sumario de la ‘Operación Judas’ que los CDR encarcelados por presuntos delitos de terrorismo tenían la intención de asaltar y defender el Parlament de Catalunya con Quim Torra dentro para proclamar la república por órdenes expresas que venían “de arriba, de la Presidencia… de Torra” según han declarado los detenidos. Es de traca, es la gota que colma el vaso. Eso para nada es la democracia que promueven. Asimismo, el president de la Generalitat no ha condenado firmemente la violencia, como debería haberlo hecho.
El debate del 4N fue algo decepcionante, a pesar de las 3 horas que duró. Para la masa de indecisos, el “partido más votado” en estos momentos de campaña, era fundamental el debate, pero a fin de cuenta tampoco consiguió aclarar nada. Según el estadístico Nate Silver, el efecto de los debates en el movimiento medio del voto es de 2,3 puntos porcentuales. Sin embargo, preguntarse quién gana un debate es complicado. Aun así, es procedente decir que quién obtiene la victoria suele ser el que cumple los objetivos de transmitir mejor su mensaje.

Los que quizá consiguieron colocar mejor su mensaje en electorado fueron los extremos del espectro ideológico español: por la derecha, Abascal y por la izquierda, Iglesias. Pero realmente el ganador de este fue el bloqueo al que está ya acostumbrado nuestro país. El ganador encubierto del debate del 4N fue Pedro Sánchez. Mantuvo la compostura y no respondió a las preguntas, lo cual dio una sensación de inseguridad. Pero, de todas formas, ganó larvadamente porque no perdió y ese era el cometido principal de los demás candidatos. Sánchez tomó la actitud de presidente sin entrar casi en rencillas y anunciando cargos como si fuera ya presidente del Ejecutivo, cuando lo es solo en funciones y a la espera de no serlo tal y como se plantea la situación. A colación, son muy reprobables las declaraciones del presidente del Ejecutivo en funciones, entrometiéndose de lleno en la Fiscalía, un órgano judicial del Estado, no de su propiedad (del Ejecutivo) como aseveró. Ha dinamitado la división de poderes con estas palabras, es una intromisión en toda regla en el poder judicial, despojándolo de la autonomía que le compete. En todo caso, el estatuto fiscal regula que el Gobierno tan solo “podrá interesar” ciertas actuaciones, sin que pueda instruir ni ordenar. Acierta al rectificar, pero no atina con esa falsa modestia que no caracteriza a ningún político.

A pesar de ello, gana el debate quien cumple sus objetivos previos y el que más se aproximó a lo descrito fue Abascal, el cual debutaba en un debate en el que ya habían contendido todos los candidatos excepto él. Abascal no fue a buscar entendimiento, sino sometimiento, mostrando unas proclamas más neofascistas que de la extrema derecha populista. Sus propuestas más sonadas fueron una amalgama radical de contenido antipolítico. La ilegalización de partidos, el quiebre del Estado de las autonomías y encarcelar a Quim Torra. Espetó una serie de mantras que fue repitiendo, valga la redundancia, a lo largo de la disputa electoral. Se intentó situar en contra del establishment, del que casualmente forma parte. Nadie le discutió, excepto cuando acusó a Iglesias de participar en las herriko tabernas, y este se defendió dignamente de tales acusaciones. Merecen mención la crítica delirante y psicótica de la inmigración y la sanidad universal, un fenómeno regresivo de Abascal para vulnerar todo lo que se ha ganado y en democracia. En las formas fue moderado, pero en el fondo como nos tiene acostumbrados fue un populista radical. Puso la disyuntiva de pensiones o autonomía, un axioma falaz y típicamente populista de dar a elegir entre dos opciones.

Por otro lado, Rivera fue inefectivo, ya que se enfrentó a todos y no consiguió rédito político. De nuevo sacando artilugios ridículos para llamar la atención, a modo de ejemplo estrambótico, el adoquín con el que “simbolizó” las revueltas de Cataluña tras el fallo del TS. Sorprendió, en otro orden de asuntos, el enfrentamiento entre Casado y Rivera, compitiendo por el espacio electoral que pretende arrebatarles Vox. Por ello, es importante resaltar que una cosa es ganar los debates y la campaña y otra muy distinta es ganar las elecciones. Por tanto, en este orden, los mayores beneficiados que cumplieron sus objetivos fueron Abascal, Iglesias y Sánchez.

Todos los candidatos moderaron y blanquearon al líder de Vox, al no entrar casi en discusión con él, cuando lo oportuno (moralmente) hubiera sido derribar su edificio de argumentos falaces. Si la derecha radical nacionalpopulista tiene algo es un conjunto de votantes muy fieles, y si este tipo de partidos surgen es porque la democracia representativa está pasando por una crisis de valores y de representación.

Mientras tanto, se sigue acercando el domingo electoral y cuando no nos demos cuenta ya nos encontraremos en la jornada de reflexión. Al día siguiente, tendremos la ocasión de apuñalar con nuestro voto a los políticos de turno o, en su detrimento, darles un cheque en blanco para que hagan con el país lo que deseen con plena autonomía. O, tal vez, ambas opciones, quién sabe. Los comicios se determinarán, como no podía ser de otra forma, Vox populi mediante.

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